Es  la constitución apostólica “Universi Dominici Gregis” emitida por Juan Pablo II en 1996 el documento que reglamenta el proceso de elección de un Papa. En ella  quedó establecido que: “Mientras esté vacante la Sede Apostólica el gobierno de la  iglesia queda confiado al Colegio de los Cardenales (solamente  para el despacho de los asuntos ordinarios o inaplazables), así como para todo lo que implica la preparación de todo lo necesario para la elección del nuevo Pontífice” 

¿Quiénes son los Cardenales?  Son los principales colaboradores del Papa, y en su ausencia, les corresponde ocuparse de asuntos ordinarios del gobierno de la Iglesia, aunque su poder no es ni mucho menos como el del obispo de Roma. No pueden, por ejemplo, nombrar a obispos para diócesis del mundo, atribución reservada al Papa.

En la espera  de la elección del nuevo Papa el Colegio Cardenalicio sólo puede: Despachar los asuntos ordinarios, es decir – todas las cuestiones de la vida diaria de la Santa Sede, así como atender las cuestiones que requieren de una atención urgente, pero  y sobre todo es su deber encargarse de la preparación  del cónclave.

Para éstos fines existen dos tipos de congregaciones: Una –general- en la que participan todos los cardenales electores (aquellos que tienen menos de 80 años de edad) y los que superan éste límite que  pasan a ser llamados –no electores-. También hay una audiencia particular: Compuesta por un cardenal llamado camarlengo y  tres cardenales más nombrados asistentes.  Cuyos nombres son extraídos a la suerte  entre los cardenales electores que ya estén presentes en Roma.

La elección puede durar horas, días o semanas. El primer día del cónclave sólo hay una ronda electoral. Después cuatro por día. Si la elección se prolonga varios días, se realizan pausas de reflexión sobre la situación actual y los problemas de la iglesia además de elegir al nuevo Papa. No hay ningún candidato ni tampoco campaña electoral. Cada cardenal escribe en una papeleta el nombre de aquel que cree que debería salir elegido “según la voluntad de Dios”. Votación tras votación se va perfilando entonces el favorito.

Además de las modificaciones que realizó Benedicto XVI  conocidas como Normas Nonnullas donde introdujo cinco cambios  respecto a la legislación vigente.  Quizás el cambio más significativo   es la fecha. Hasta  entonces, la Universi Dominici Gregis establecía un periodo de entre 15 a 20 días desde el inicio de la Sede Vacante hasta el comienzo del Conclave. Esta fecha se determinó en 1922, cuando el Papa Pío XI fue elegido en ausencia de los cardenales americanos, ya que no les dio tiempo a llegar a Roma (entonces no existían las aerolíneas intercontinentales).

Sabemos que hay un nuevo Papa cuando, de la chimenea de la Capilla Sixtina sale humo blanco al quemarse las papeletas con los nombre de los cardenales.  Antes, cuando las rondas electivas concluyen sin la elección de un pontífice, las papeletas se mezclan con pez, de manera que al quemarse emiten un humo negro.

Finalmente,  tras la elección, el decano del colegio cardenalicio pregunta al elegido si acepta el cargo y con qué nombre quiere gobernar. Los cardenales le juran obediencia, se reza una oración de acción de gracias y el llamado “cardenal protodiácono” presenta al nuevo papa en la Plaza de San Pedro con la fórmula “Habemus papam”. El nuevo pontífice se presenta entonces ante la multitud e imparte su primera bendición “Urbi et Orbe” (“a la ciudad y el mundo”).

Con información de  El mundo España y aleteia.org